LIBROS DE RELATOS

 
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Rafael R. Valcárcel - Premio Iberoletras 2008 - Edita Amargord

Más allá del premio, que proviene del relato número 28, este libro nos agrada especialmente porque sabe a desayuno en primavera. El autor toca temas vitales, e incluso ásperos, pero con un estilo sencillo, cercano y personal que consigue despertarnos una sonrisa en cada final, además de hacernos ver las cosas con una perspectiva más positiva. Es un libro sencillo y original que da satisfacción leer.
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Las mil y una noches: “Entonces la madre de Aladino desató el pañuelo en silencio y sin añadir una palabra presentó al sultán la fuente de porcelana en que estaban dispuestas las frutas de pedrerías. Al punto se iluminó todo el diván con su resplandor, mucho más que si estuviese alumbrado con innumerables arañas y antorchas. Y el sultán quedó deslumbrado de tal claridad y le pasmó su hermosura. Luego cogió la porcelana de las manos de la buena mujer y examinó las maravillosas pedrerías, una tras otra, tomándolas entre sus dedos. Y estuvo mucho tiempo contemplándolas y tocándolas, en el límite de la admiración. Y acabó por exclamar, encarándose con su gran visir: "¡Oh visir mío, qué maravilloso es todo esto y qué hermosas son estas frutas! ¿Alguna vez viste parecidas u oíste hablar siquiera de la existencia de objetos tan admirables sobre la faz de la tierra? ¿Qué te parece? ¡Dilo!" Y el visir contestó: "¡En verdad, ¡oh majestoso rey del tiempo!, que nunca he visto ni nunca he oído hablar de cosas tan hermosas y maravillosas! ¡Ciertamente, estas pedrerías son únicas! Las joyas más preciosas de nuestro rey no valen, reunidas, tanto como la más pequeña de estas frutas, a mi entender!" Y dijo el rey: "¿No es verdad que el joven Aladino, que por mediación de su amada madre me envía un regalo tan hermoso, merece mejor que cualquier hijo de un rey, que se acoja bien su petición de matrimonio con mi hija Badrú'l-Budur?" Con esta pregunta del rey, al visir se le mudó el color y se le trabó la lengua y se apenó mucho. Porque, desde hacía bastante tiempo, le había prometido el sultán que nunca daría en matrimonio a la princesa a otro que no fuera el hijo que tenía el visir y que rebosaba de amor por ella desde la niñez. Así es que, tras un largo silencio de perplejidad, de emoción y de silencio, acabó por contestar con voz muy triste…”
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